Hace unos días maté a mi jefe.
Fue el mismo día en que cumplí mi sexto mes del trigésimo octavo contrato abordo en estos barcos que brillan de polo a polo.

La primera vez que uno de estos zarpó conmigo yo tenía 23 años y me esperaba un puesto en la Orquesta de Cámara más importante de mi país; pero yo quería ver el mundo y esta podía esperar para cuando, a mi vuelta, yo fuera un mejor músico; pero al volver me ofrecieron contrato para otro barco, con un itinerario totalmente diferente, lugares a los que me sería muy difícil visitar de otra manera y acepté. Luego volví porque subieron mi sueldo y luego seguí volviendo no tengo claro por qué. Pero volví una y otra vez. Ya perdí mi puesto en la orquesta, perdí la novia de ese tiempo, perdí a la mayoría de mis amigos y perdí también las ganas de ver el mundo. Las cosas, han dejado de impresionarme, así como también las personas, y hace ya mucho tiempo que esto dejó de ser una aventura. Casi un cuarto de siglo llevo vestido de frac y nos damos vuelta en menos de 20 melodías, que hace ya diez años dejé de tolerar.
El primer tiempo abordo es fácil para cualquiera que ya conoce el trabajo. El cuarto mes ya empiezas a extrañar a tu gente, tu cama, tus comidas, tus olores, tu maldito espacio para poder pedorrearte sin que alegue el que duerme arriba, tu permiso para fumar en el baño, el comedor y la cocina, tu libertad para emborracharte y perder la compostura. El quinto mes lo sientes en el pecho, es como si recién te dieras cuenta que estás lejos de tu alma, solo y encerrado en aguas de nadie.
Ya no me importa tocar mal, aunque mis compañeros me lo hagan notar. Dicen que desafino en cada Sol Sostenido y en cada Re Bemol y a mí no me importa. A ver si logran sacarle una nota a mi violín, a ver cómo les quedaría
Hace unos días fue difícil tocar. El mar estaba indignado y sacudía el barco como nunca antes lo había sentido. El comedor estaba lleno y la gente vestía sus mejores trajes, ya que antes de la cena, el Capitán, un griego sodomita que juega a Casanova, había brindado su fiesta de bienvenida a los pasajeros presentes, quienes se esmeraban en parecer más ilustres, más fastuosos, más llenos de luces que tintinean con cada paso, con cada brindis, con cada parpadeo! Todos ostentan sus mejores joyas, los veteranos lucen sus condecoraciones, las mujeres arrastran sus telas, dejando las lentejuelas en el camino… el dinero puede respirarse y cuesta tocar tan encandilado, tan opaco, tan lleno de envidia. A mí no me ve nadie, ni siquiera me escuchan. Ellos no distinguen un Sol Sostenido de la bazofia que les estoy dando, porque ellos no saben ni de corcheas ni de arcos ni menos de sostenidos!
Pero esa noche fue diferente. El mar estaba tan picado que la gente comió sin ganas. Muchos se marcharon en medio de la cena y otros la devolvían a medio digerir, antes de abandonar el lugar. Por mi parte, no es nada fácil sostener ninguna nota si apenas puedo mantenerme en pié.

Hace unos días, y creo que sólo fue debido al sexto mes, acerqué una silla del comedor y toqué sentado, contra la clara oposición del resto del grupo y de mi jefe. Para él debe ser fácil pasearse por el barco diciéndole a la gente lo que debe hacer cuando lo más difícil de su tarea es no olvidar el portafolio en el retrete. Mi trabajo, en cambio, requiere de una vida de estudio, de oído fino, de yemas sangrantes y callosas, de tocar cada melodía hasta no soportarla y de seguir tocándola y volverte maestro en concentración, equilibrio y perseverancia.
Cuando necesito estar solo, me vengo aquí, la parte más hermosa del barco. Muchos creen que es la proa el mejor lugar, pero es esta, la popa, la que reúne todo el romanticismo de un barco. No sólo puedo respirar aire fresco a cualquier hora del día y de la noche, sino también impregnarme de la fuerza que liberan las aguas enturbinadas que forman una estela blanca que desaparece donde la vista ya no llega.

El mar comienza bajo tu nariz y termina mucho más allá del horizonte, teniendo 227 grados de lado a lado para ver nada más que azul cielo y azul océano. Y parece tranquilo, parece considerado y afable, parece posible nadar hasta la costa y al fin quedarme allá, en donde pueda fumar encerrado, tocar sobre un sillón y beberme el Fernet completo.
Ahí viene mi jefe. Seguro olvidó el portafolio en el retrete porque viene con sus manos vacías. Es un oficial noruego, joven, alto, rubio y delgado, siempre muy compuesto y aunque me cueste aceptarlo, hace bien su oficio. Me pide un cigarro… lo único que faltaba. Saco la cajetilla del bolsillo de mi camisa y con mi cara hacia esta, lo miro hacia arriba sin sonreírle. El me pregunta qué pasa conmigo y me recuerda cómo yo disfrutaba de mi trabajo hace un par de años y mientras lo enciende, me dice que no logra entender por qué si son las mismas melodías una y otra vez y cada día lo mismo, yo las toco cada día peor. Yo le dije que le cambiaba mi violín por su carpeta y que yo pasearía por la cubierta sonriéndole a los pasajeros y fustigando a los tripulantes, luego desenfundé el violín y agarrado desde el mango, se lo puse al cuello para que diera una nota. El lo apartó con prepotencia y con la otra mano me agarró de la camisa y me dijo algo en su idioma que, a pesar de no hablarlo, lo entendí perfectamente. Yo no sé de donde saqué fuerzas, ya que me doblaba en estatura y lo empujé para que me soltara… lo empujé tan fuerte que dio con la baranda y aunque intentó agarrarse a esta, cayó a las aguas arremolinadas. 
Lo último que vi fue su cara de pánico…
En un segundo, todo se volvió silencio…
Dejaron de sonar las turbinas, el agua y la música de los parlantes…
Todo se volvió silencio...
Lo único que me ensordecía eran mis latidos frenéticos y mi respiración.
No había nadie alrededor, nadie vio nada, así que tomé el estuche y caminé muy a prisa por la cubierta. No podía correr, no podía gritar ni llorar, debía ir a paso tranquilo, al mismo paso que solía ir antes de volverme un asesino.
Al llegar a mi cabina, Paco, el violonchelo reía a carcajadas viendo un capítulo de Bety Boop por enésima vez. Saqué el fernet de mi armario y me serví una copa hasta el borde que en dos minutos volví a llenar. Desde el camarote me grita:
- ¡Qué pasa Ilanio??!! ¿Qué ya te quieres marchar??
Me dice con su cacareado zezeo.
Nada en mí podía hacerlo creer que entre las 2.840 personas a bordo, el único culpable de la muerte de Mr. Fucking Haink era yo, el que desafina.
Intenté llenar otra vez la copa, pero sólo alcanza para cubrir el fondo de esta.
Me metí a la ducha y me quedé dentro hasta sentir la piel deshacerse. Luego me metí en la cama y di tantas vueltas que en un rato estaba sobre el colchón. Mi compañero otra vez se estaba masturbando y así puede estar largo rato. Me levanté, me vestí con ropa de diario y me fui al bar, directo a la barra. Ahí estaban los mismos de
siempre, reunidos por razas.
Yo veía al noruego mirándome por todas partes… y todo se volvía silencio...
El cantinero se inclina sobre su barra para hablarme y su cara se hace alba y el fondo azul nocturno y las turbinas y el agua iracunda y otra vez el silencio. Yo lo miro con miedo, él se me acerca más aún y me repite lo mismo. Yo trato de leerle los labios y parece decirme que cada día toco peor. Lo miro impávido y le pido un fernet-un fernet-un fernet y siento como mis palabras rebotan en el vacío. Al servirme, me mira las manos, estas manos culposas de una muerte sin sentido. Yo no quería matarlo, yo sólo quería decirle que si estoy tocando mal es porque ya no soporto esta vida de mierda, esta vida que me alejó de todo lo mío, lo realmente mío. Yo iba a casarme co
n Zarina al volver por primera vez y después se hizo tarde y ahora estoy solo y triste y lo único que tengo es este violín discordante que se hace el bobo y se desentiende de sus notas.
Yo no quería matarlo, yo sólo quería decirle que se metiera su carpeta por el culo, que a mi violín nadie lo aparta de esa manera, pero era tan alto que la baranda no le alcanzaba las caderas y tan sólo siguió de largo. Yo no quería matarlo… ¡¿por qué habría de matar a ese imbécil?!
Otro fernet por favor. Y si puede más alto. Me lo da igual que el anterior y tal vez un milímetro más pequeño. Pero ya no quiero pelear, la última pelea marchitó mi vida para siempre.
Ahí viene Nedjelka, una bailarina checa que se excita con los
músicos.
Todos ellos han hecho uso de sus entrañas y yo también. Yo también paso hambre y frío. Yo también quiero ser abrazado aunque mañana abrace a Paco y ayer al saxofón de la sala de jazz. Acá todos pasamos hambre y frío, por eso sabemos compartir a las que tienen un corazón que abraza y unas piernas obedientes.
Pero hoy no la quiero, hoy no tengo hambre sino sólo sed y un cuerpo afiebrado de miedo y arrepentimiento.
Apoyo ambos codos en la barra y poso mi cabeza entre mis manos, mirando la copa otra vez vacía. Ella me ve desde lejos y viene directo a mí. Pone su palma sobre mi espalda abatida y puedo sentir su pecho minúsculo bajo mi hombro. Yo no quiero mirarla. Estas putas saben de hombres y puede descubrirme; bastó que levantara la mirada para que inclinara su rostro y me preguntara qué pasaba. Yo pagué, me puse de pie y le pedí que no me siguiera.
A la mañana siguiente empezó la búsqueda.
Estábamos en la cabina cuando llamaron a mi compañero para que fuera a contestar las preguntas en rigor. ¿Qué diría yo si me preguntan? Yo nunca lo vi en la popa, nunca sin su portafolio, yo nunca le puse mi violín al cuello ni lo vi desaparecer después de mi empujón. Es tu turno, me dice Paco.
Entré a la oficina y lo único que escuchaba era mi corazón a caballo y mi respirar, igual que la otra noche, la que quedó para siempre en mi retina. Me siento frente al oficial y mis manos se humedecen. El parece explicarme lo que está pasando y no logro oírlo. Le miro los labios a ver si leo y parece preguntarme cuándo fue la última vez que lo vi. Siento el hueso de mi pecho torcerse. Sus preguntas son muy simples, demasiado simples para lo complicado que estoy, demasiado simples para mis respuestas tan llenas de palabras de sobra, de sílabas atarantadas y miradas evasivas.
Me agradeció mi tiempo y salí con las piernas doblándose hacia afuera. Me descubrió, estoy seguro.
Interrogaron gente todo el día y era de lo único que se hablaba. Yo me encerré en mi cabina hasta la hora de la cena, momento en el que intenté tocar un poco mejor para evitar las malas miradas, pero en la segunda melodía me di cuenta que no podía cambiar de actitud, porque todo cambio en mí sería sospechoso y empecé con los errores, pero estos eran tan notorios que ahora incluso los pasajeros se daban cuenta que el violín desafinaba e intentaba concentrarme otra vez y buscar las notas que antes me traicionaban, pero ya no sabía cuáles eran y sólo escuchaba mis errores; no lograba escuchar ni al piano ni al chelo ni a la viola y la gente seguía comiendo, un plato tras otro y no acababa nunca esa cena insufrible, en donde debiera haber tocado con capucha y guadaña.
Olivier, mi amigo de las máquinas, me confesó que él vio pasar al oficial popa abajo, pero que en su momento no quiso decir nada por miedo a ser culpado y que ahora ya era tarde.
Si él habla, a mí podrían descubrirme. Mucha gente me vio venir desde la popa, cuando atravesé la cubierta arrancando de mis hechos. Si soy descubierto, podría pasarme el resto de mis días en la cárcel de un país en otro idioma y no habría quién me llevara una frazada, cigarros o alguna golosina para endulzar un minuto de mi vida miserable y sin rumbo.

Esta mañana estuve en la popa.
No había vuelto desde el empujón.
Han pasado veintidós días desde esa noche y la investigación fue cerrada hace casi una semana. Dicen que 24 personas desaparecen cada año en los cruceros. Las causas parecen ser suicidios y peleas sin testigos.
La nuestra fue una de esas.
Mala forma de morir, la del hombre al agua.
En cinco días termino mi contrato.
El último.
Esta vez no volveré.













































































