sábado, 13 de diciembre de 2008

33 FÉRETROS


Eran casi las diez de la noche.



Llovía desde el medio día y la carretera brillaba, reflejando las luces de los autos.


Anselmo llevaba casi dos horas esperando que algún buen samaritano se apiadara de su condición de transeúnte y lo acercara a su destino, cuando un camión viejo, de frente rojo y redondeado, se detuvo junto a él. La parte de atrás tenía una alta baranda de madera y la cubierta y sus costados, estaban hechos de una lona verde oscura, todo bien atado a lo largo del techo
Anselmo abrió la puerta y antes de poder encaramarse, el chofer, un hombre joven, moreno y fuerte, le hizo sin hablar, una seña para que subiera junto a la carga.



El corrió hasta la parte trasera y sólo después de subirse, descubrió que estaba cargado de 33 féretros, todos ordenadamente dispuestos y ansiosos por la llegada de sus próximos moradores.



Al acomodarse entre estos, notó que había de dos tipos, muy diferentes entre ellos. Unos eran notablemente rudimentarios, opacos, hechos de un pino mal secado que, por a través de sus grietas, habría de colarse tanto el último rayo de sol como los primeros gusanos hambrientos que se arrastrarían golosamente a darle la bienvenida al emigrante terrestre.



(Estas cajas – pensaba Anselmo – estarán convertidas en polvo mucho antes que sus inquilinos).



Las del otro lado, en cambio, eran de roble, con tres ribetes a lo largo, una barra de bronce y un escaparate muy bien enmarcado, que expondría el busto del cadáver durante su despedida oficial.



Dentro de sus zapatos mojados, el frío le adormecía los pies. La lona del techo apozaba agua, formando una gotera continua que, al rebotar en uno de los cofres, le salpicaba a la cara.



Abrió uno de los cajones costosos y, al verlos secos y revestidos con abundante género, se sonrió al descubrir el cobijo óptimo del frío, el sueño y la gotera.


Anselmo nunca le tuvo miedo a lo impalpable ni mucho menos a los muertos vivientes, pensaba que estos nunca podrían alcanzarlo con esas rodillas tiesas y su ritmo de zombie. Pero solo, en esa oscuridad, meterse en un ataúd da cierta desconfianza…


- ¿Quién sabe si sólo pueden abrirse desde afuera? , pensaba Anselmo.
- ¿Y si el conductor me olvida y yo muero aquí olvidado y me bajan en la funeraria igual que a todo el resto y ahí me paso días sin que sepan que ya no respiro y venden este cajón y me descubren en la casa de otro muerto? ¡¿Pero qué clase de cadáver más mal venido puedo llegar a ser?!



Mas el cansancio sus pies azules de frío, lo convencieron de sacarse el abrigo y los zapatos y encajonarse en uno de esos, dejando con su billetera escuálida, una rendija abierta.



Tal vez aquí aprisionarán a un claustrofóbico – especulaba intentando dormir – que se pasó la vida entera en la calle para evitar los encierros y durante su sepelio morirá dos veces al descubrirse confinado entre estos seis maderos para siempre.
O quizás refugiarán a un prócer de la infamia que, incluso después de muerto, seguirá siendo abrigado con rasos que parecen nupciales y protegido por maderas milenarias blindadas con bronce.



A los féretros les da igual qué tipo de muerto vendrá a ocuparlos. Les da lo mismo si es el de un obispo, un bandido, un filántropo o un Beatles; si fue feliz o no, si en la vida logró un imperio o si fue siempre un perdedor. No les importan ni los favores concedidos ni las culpas ni las deudas pendientes. No les vienen con amores truncados ni sinsabores inmerecidos; les da igual si la muerte fue injusta o no hubo confesión. Les da igual porque a Dios tampoco lo conocen; ni a él ni al Diablo ni a ninguno de sus secuaces. Para estos, son todos unos fiambres.



Y así se durmió filosofando.



Treinta y cuatro kilómetros más adelante, el conductor volvió a detenerse para llevar a Jacinto, otro andariego que estilaba, tiritando desde hacía más de una hora a la salida de un pueblo sin sombra.



Al igual que Anselmo, sólo después de subir, reconoció el cargamento fúnebre y se habría bajado de no ser porque el camión ya estaba en marcha.



Jacinto sentía un pavor congénito por los inanimados.



El susurro de su propia respiración lo acechaba y su vaho creaba espectros que paseaban por entre las urnas. El sabía que las ánimas transitaban por todas partes y que eran, incluso, más odiosas que los vivos. Decía que no hay sarcófago que no hospede, al menos una, y que a la hora de sellarlos, tanto las almas en pena como la recién llegada, huían aleteando como alientos gélidos aterradas por el encierro eterno en el inframundo, dejando el lugar sólo para el cuerpo duro y los insectos carroñeros, siempre listos para su nuevo festín.



Su abuela murió cuando él era un imberbe, al caer por la escalera que Jacinto acababa de encerar. Ella nunca dejó de visitarlo por las noches, cada vez que merecía ser amonestado. Solía sentarse a los pies de su cama y con su dedo flaco, arrugado y quebrantado por la artritis, lo amenazaba con llevárselo a donde él no conocía si seguía haciendo las cosas mal y es que siempre las hacía mal, siempre había algo por qué reprocharlo.



Hizo memoria del velorio de su tío Domingo, el hermano mayor de su padre, y de cómo fue obligado a pararse a su lado en silencio y mirarlo por un instante que se le volvió eterno. Jacinto tiritaba igual que ahora.


Veía las ranuras blancas entre los párpados yertos, acusando la ausencia de vida más que en cualquier otra parte del cadáver; observaba cómo las arrugas del rostro se habían desplegado y dejaban caer el exceso de piel por sobre las orejas; notaba la boca distinta y el peinado también y cuando le miraba sus manos tan opacas, tan rígidas, tan de viejo muerto, sus dedos se movieron ágilmente para agarrar la cruz del rosario y dejarla junto a su palma.


Los ojos de Jacinto se agigantaron, ocupando la mitad de su rostro, cada poro de su piel se volvió una aguja, sintió la nuca hervirle y la garganta estrangulada, perdió la voz y la moción, no tuvo brío para decir una palabra, nadie se enteró, pero de que se movió, se movió.



Recordaba las historias de su prima, la loca que, en una casa junto al lago, aseguraba convivir con un fantasma misógino, quien poco a poco, fue invadiéndola. Primero le dio por abrirle las llaves del agua mientras ella no estaba, estropeando el parquet francés, provocando dos cortos de circuito y obligándola a pagar cuentas inconcebibles; después le dio por acecharla en la cocina, de donde la sacó para siempre, dejándose para sí todos los víveres que uno a uno se fueron pudriendo; luego la seguía hasta su cuarto para tirar de sus sábanas castas, hasta que en busca de su liberación fantasmal, se cortó el cuello y las muñecas. Fue encontrada doce días después, por el aviso de un vecino que ya no soportaba el olor.



Se fue así todo el camino, lidiando con sus recuerdos y su terror, hasta que noventa y seis kilómetros más adelante, despierta Anselmo, quien, para no dejar caer su billetera, comenzó a abrir la tapa del cofre muy lentamente.



Jacinto la vio moverse y vio también el vaho que emanaba de adentro; quedó paralizado por casi cuatro segundos y, al ver que esta no se detenía, con la espalda pegada a la lona, se levantó atolondradamente, como tratando de retroceder, maldiciendo desde Dios hasta su propia madre, amenazando a la tapa con un enfado iracundo si no se detenía ahora mismo, pero con el ruido del camino, la lluvia y el mismo
encierro, Anselmo no escuchaba y continuó abriendo.


Jacinto, al ver los ojos del zombi en los suyos, sintió que la mirada muerta le escarchó el aliento y desde lo más recóndito de sus recuerdos se vinieron a él, todos sus horrores, los de infancia y adolescencia, los de ahora, sobre todo los de ahora, el delirarse macabro y podrido, porque así se vio, ya medio de carne y medio de polvo; medio podrido.



Anselmo, al descubrirlo y ver su pánico, estiró su brazo con un gesto moderador e intentó explicarle el por qué de su guarida, pero el pavor ya lo había enceguecido y vociferando en una lengua que parecía nórdica, dio dos pasos y saltó al camino en busca de un alivio.



No hubo tiempo de aclarar nada.



No fue culpa de Anselmo.



El pavimento es, incluso, más despiadado que los muertos vivientes.



Estos al menos, no son capaces de desnucarte.


9 comentarios:

Mustafa Şenalp dijo...

çok güzel bir site.

Unmasked (sin caretas) dijo...

Me gusta la ironia de tus lineas.

Uno es lo que escribe, o lo que desea proyectar, o nada de eso.

Vos y yo sabemos y nuestro Carlitos, que sos muy ironica.

Te dejo un abrazo y como tengo un lado masoquista para todo (vos me entendes, TODO) jaja, extranare los palos que me diste todos estos meses.

amen.

buen relato. Te lo apruebo.

Un abrazo sin cuchillos

la mal portada

puppetmaster dijo...

Muy buen relato, me recordo a un cuento de Edgar Alan Poe. Aca hay talento. Tienes un buen blog, no eres la tipica mina que saca a la luz sus patéticas fantasias sexuales.

Muy bien!!!!

saludos.

Blas Torillo dijo...

¡Wow! ¡Que historia!

Somos presos de nuestras indiscreciones claro, pero también como demuestras, de nuestros temores. A más grande, más peligroso.

Para no variar, me encantó la historia.

Besos Mónica.

david santos dijo...

Mónica, yo hay adorado tu texto. Pero tengo una duda: ME HABLA LO QUE ES FÉRETROS. TENGO UNA DUDA. Por eso tengo miedo de hacer un comentario sin saber lo que hable.
Gracias y tiene un buen fin de semana.

gallardo dijo...

En esta historia esta todo bien, la atmósfera, el ritmo, los personajes, el problema solución, todo.
Como antes te reitero que si tienes talento para narrar, y si alguna ves decido escribir algo en serio, serás mi primera contratación, aunque solo pueda pagarte con adulaciones.
Besos cálidos para combatir lo húmedo y frío de esa lluviosa carretera perdida.

puppetmaster dijo...

yaaaaapo!!!!!!, queremos mas historias!!!!!!

Alacran... es mi naturaleza... dijo...

mmmm... de feretros, de miedos, de destinos estupidos.... de todo en este maldito dia, maltdito y aun no se porque.

Simplemente escribo comentarios, sin forma, solo por el placer de concederle un baile a mis dedos, que se excitan sobre el teclado, para terminar bebiendo una copa al costado, descansando sus tambien malditos tendones.....

No se que dije, lo sabes tu????'

Walter Pineda dijo...

BIEEEEEEEEEEEEEEN

Excelente, Hermosa (tu), siempre me encanta encontrar ese tratamiento tan sútil y bien trabajado de tus ideas...que luego son palabras.

Buen trato de imagenes y personajes.

Para mi es un agrado leer algo que me deja "contento, señor, contento".

Besos

Walter