domingo, 18 de enero de 2009

POR TENER TAN MALAS JUNTAS


Es la cuarta mañana consecutiva que rompe el día lloviendo.





El cielo emula un óleo en grises y se mueve lento y espeso hacia el norte, en donde siempre se ve más negro.

La lluvia abrillanta los adoquines, el barro se toma las veredas, los caballos de los carruajes estilan y las ruedas salpican las ropas de los transeúntes, que hace ya tres tardes caminan enlodados.

Todavía falta más de una hora y gran parte del pueblo ya se encuentra en la plaza.

Por la Avenida de los Condenados, se abre camino el Juez de Mastoria, el mismo que sentenció al grandísimo Dagoberto, El Poeta, el de la lengua viperina y la pluma querellante. Acusó a los más ilustres y pagó por todos juntos. Por eso fue que lo mataron. Por eso fue que llegó aquí.

Recuerdo el revuelo que se armó cuando trajeron a Arnoldo, el cerrajero. Tenía un local diminuto en la que sólo organizadamente, cabía él, sus herramientas y sus llaves. Se pasaba el día entero ahí dentro y sólo al llegar la noche, con una llave que el mismo había hecho, cerraba su tiendecilla y volvía a casa, en donde, por lo general, lo esperaba Candela, su esposa, quien era conocida en todo el pueblo por sus ojos de flecha. Nefasta fue la mañana en que la máquina se trancó y, al no poder arreglarla, volvió a su casa seis horas antes de lo acostumbrado, en donde se encontró a su mujer ensartada con su querido primo Claudio, el Don Juan de las señoras casadas, el mismo que tantas veces él defendió por supuestas blasfemias de casos similares. Arnoldo traía la chatarra en la mano y, sin darse el tiempo de nada, le dio un golpe certero en la cabeza que lo dejó tumbado sobre la susodicha, quien gritaba como una inocente. Luego la agarró del pelo y jalándola hasta la calle, la abandonó vestida sólo con la sangre de quien, en sus tardes de ocio, le avivaba la soledad. La gente lo quería, al cerrajero, y lo apoyaron en su decisión. Yo pensaba en qué habría hecho en su caso, mientras le ponía la soga al cuello, y creía que habría hecho lo mismo, pero yo no soy quién para decidir la vida de nadie, así que le deseé suerte y lo dejé caer.

Hoy no sé quién llegará, pero la gente lo espera atizando su castigo.

El miércoles pasado hicieron subir a la Señorita Augusta, acusada de intento de homicidio, al verter unas gotas de veneno para ratones en la sopa de la Condesa de Almira, mujer despreciable que muy bien le habría venido bebérsela toda; pero la descubrieron en el acto y, a empujones, fue llevada ante los sátrapas del gobernador, quienes dictaminaron que la pena apropiada frente a semejante incidente era entregármela, ya que de mis manos no regresa nadie.

La plaza ya está repleta y no hay quién defienda al condenado. Es muy probable que merezca la desdicha que lo espera y estos son los días en que mi oficio se vuelve reconfortante. A tipos como estos me gusta preguntarles si quieren que me haga cargo de su esposa o que cuide de sus hijas. Llamarlas por su nombre causa un efecto, incluso, mejor. Me gusta que me insulten cuando ya están maniatados, la gente cree que gritan por el perdón, pero lo hacen de impotencia de tener la fuerza y las agallas para matarme y no poder hacerlo. Me gusta eso.

Ahí parece encaminarse el pasajero al cielo (o más probable, al infierno), decenas de personas lo vienen rodeando mientras lo vapulean por algo que no logro entender. Parecen gritar "asesino", entre otras cosas. Espero saber el nombre de alguna de sus mujeres para darle el penúltimo castigo. Igual es necesario estar atento, una vez que hice eso me salió uno que con su frente me partió la nariz. ¡Qué vergüenza!
Mi sangre goteaba hasta el suelo, manchando mis zapatos de domingo y con mis manos ensangrentadas, manché también su cara, al ensogarlo. Creo que ha sido el único colgado que he visto irse tan contento.


Ya puedo ver el rostro del emigrante terrestre y, aunque no me sorprende del todo, reconozco su cara como si fuera la mía. Es Manuel Cantoria, amigo de adolescencia a quien, hace más de un lustro dejé de frecuentar. Tal vez fue para mejor, tal vez la víctima de ayer podría haber sido yo. El juez dice que mató a su madre por haber escondido el dinero y al ser enfrentado por su hermano, le dio cuatro puñaladas, de las cuales las cuatro fueron de muerte. El fallo es justo, si no respetas a tu madre, al menos déjala vivir.

Manuel fue pendenciero desde niño y siempre muy adelantado. Fue él quien me convenció de usar mi más fiel compañero por primera vez. Me dijo que su vecina era toda una experta y estaba muy bien dispuesta, esperándonos en su cuarto. Así que entramos por la ventana de la habitación contigua y al llegar a la suya, noté que, por su edad, no podía ser una experta y que por la manera en que Manuel la asió de las muñecas y le tapó la boca, tampoco parecía estar tan dispuesta. Sin embargo la escena endureció a mi gran amigo y me dio los bríos necesarios para sacarlo y embestir a esa chica de piel casi transparente, pubis sin vellos y senos que recién comenzaban a revelarse.

Hubo una navidad en que me pidió lo acompañara a una cena que harían varios pordioseros en la calle de las hilanderas. Me llamó la atención que estuviera atento a esta gente, sobre todo en noche buena... sin embargo fui con él y, aunque no esperaba verlo dar abrazos ni buenos deseos, pensé que todos tenemos nuestro lado sensible y que en fechas como esas puede aflorar. Al llegar al sitio, había ocho indigentes alrededor de una marmita, equilibrada sobre un fogón a un costado de la calle. Todos bebían y reían, esperando el primer hervor de algo que olía muy bien. Mi amigo, el que está por subir los peldaños de la muerte, se acercó con las manos en la espalda y al llegar a donde el calor le pegaba, echó dentro del festín, dos puñados de tierra pedregosa, dándose a la fuga conmigo atrás. Nunca entendí por qué hizo eso. Hay que reconocer que es una buena manera de entretenerse, pero nos persiguieron con palos y botellas varias cuadras y nos habrían seguido buscando los días siguientes si esa noche no hubiese sido tan oscura.

Esto de matar a los amigos es muy triste. A uno se le enseña que debe cuidarlos, pero son ellos los que llegan acá por sus propios méritos, todos sabemos las reglas y son fáciles de recordar: no matar, no robar, no al falso testimonio, no desear a la mujer del prójimo o al menos no tener sexo con ella. Pero llevarlo a cabo no es tan fácil como recordarlo.

Aquí viene Manuel. Tal vez debió ser colgado hace años. Me mira directo a los ojos y eso me inquieta porque nadie lo hace, me mira por las pupilas hacia dentro, como descubriendo recuerdos extraviados más allá de la conciencia. Yo trato de ponerle la venda (para que deje de mirarme más que por reglas), pero él me dice que no la quiere y que me conoce. Me pregunta quién soy, que le diga mi nombre, que él no le contará a nadie, al menos a ninguno de este mundo, pero eso sería lo último que haría, no me arriesgaría a que gritara mi nombre frente a una plaza llena. Yo también soy panadero y las personas me quieren. Mi pan es sabroso, blandito y siempre está a la hora. Hay gente que podría dejar de comprar mi pan por el simple hecho que fue amasado por un verdugo. Pues sepan todos que los verdugos también sabemos cocinar y lo hacemos bien y con amor, que somos padres e intentamos hacerlo lo mejor posible como cualquier otro, que tenemos madres a quienes respetamos y nos quieren, que limpiamos la casa, pagamos impuestos y rezamos cuando el tormento nos agobia. ¡Sepan todos que este oficio es muy noble! ¿Qué pasaría si hoy me basara en el cariño que le tengo a mi amigo? La nostalgia quebrantaría mi imparcialidad y no sería capaz de darle el desenlace apropiado al juicio de Manuel. Si ayer mató a su madre y a su hermano ¿Qué es capaz de hacer con los que nunca le han dado nada? Mi labor es proteger al pueblo, a mi gente, es un asunto de limpieza y, sin duda, alguien tiene que hacerlo.

En lo que lleva del año, han subido a este estrado letal tres amigos míos. Ellos no pueden verme porque llevo capucha, pero yo sí los veo y me baja la melancolía y recuerdo cuando aún tenían un mañana.
Se hace tan difícil ver a los más duros llorar sin lágrimas.



Mientras acomodo la cuerda en su cuello flaco y pellejudo, me mira tan fijamente que yo entrecierro los ojos para que no vea muy adentro y justo antes de mover la palanca, grita mi nombre y un insulto irrepetible.
Es muy triste matar a los amigos.
Eso me pasa por tener tan malas juntas.

10 comentarios:

gallardo dijo...

Mónica Valentina: A mi me sucede que no siempre tengo conciencia de que estoy por matar a un amigo.
Generalmente las muertes son mas por desidia que por odio... No se que es peor.
En general quisiera poder mirar a los ojos a los amigos, con todo el temor que eso implica. Esto porque uno nunca sabe si va a descubrirse en esos ojos que te devuelven la mirada. Lo mas común es que dentro de esa mirada solo este algo que no es lo que buscas.
Besos y felices fiestas

Puppetmaster dijo...

MIra tu...Siempre pense al ver peliculas y leer relatos de ejecuciones, que si el verdugo se vanagloriaba de serlo y que si su familia sabría que era un homicida con licencia. Ya que él es como una versión Fonasa de 007, en una familia normal debe ser dificil contarle a tu hijo en que pasaste el día...

Como siempre muy buena tu historia.

Feliz Año Nuevo.

Walter Pineda dijo...

Mónica Valentina: (como me gusta tu nombre, tiene melodia propia...perdon, es que...bueno)

Del relato, estoy enamorado de la forma en que escribes y describes y vas hilvanando las cosas.

Esos juegos tan desconcertantes que vas colocando en cada personaje. Frases, ideas, etc que a uno lo van dejando atrapado entre tus...palabras.

A veces la vida nos lleva a situaciones increíbles, donde nos encontramos con parte de nuestro pasado, y sucede que de pronto esta en nuestras manos aquel que no traicionó o nos humilló.

Escelente tu relato, querida amiga.

Walter

(cual es tu correo, quisiera conocerte mas?)

Diegobocarde dijo...

Mi universo está poblado de planetas estallándose, el Dios de plasticina que lo inventa disfruta su mentira de manera clandestina, cada cual con su amenaza.
Mi planeta está poblado de poetas alquimistas que no dan con la fórmula ni mezcla en el enredo de palabras.
Mis poetas en sus cabezas llevan una vaga comprensión del vértigo y la nada.
Mis cabezas encierran mi universo, inútilmente intentan describirlo, explicarlo.
Mis intentos y explicaciones se estrellan en mis cuadernos y mi cuerpo, las palabras quedan
volando como el blanco preciso para el tiro de tu lengua.

Unmasked (sin caretas) dijo...

estas de la nuca, de donde sacas esas ideas?

Me gusto, me encanto. Aveces mataria a algun amigo cuando se portan mal. Bueno amigo es una forma de decir.

Veni que te doy un abrazo inmenso, estamos esperandote en lo de gallardo con un gin tonic. No te hagas la dura, no te hagas la rambo. No te queda.

Te esperamos

petrucienta

gallardo dijo...

Que fue eso que dejaste en mi blog???

gallardo dijo...

Monica Valentina, para cambiar la foto de tu blog, tienes que hacer click en wl icono de blogger, y al lado derecho esta tu foto, abajo dice "Editar Perfi", click ahi y en la pagina que se abre, vas a tu foto, la borras y pones una nueva que tengas en tu compu.
Y voila.l

Lucía dijo...

poetasendemocracia.blogspot.com

Unmasked (sin caretas) dijo...

escribite algo no seas vagoneta.

:)

Donde estas?

Ahi les deje un mensaje a vos y a "pichoncito" jajaja.

Solamente vos, le podes llamar a gallardo asi. jajaj.

Un abrazo enemiga querida

Petra

Puppetmaster dijo...

da paja escribir ah... que estan dando en la tele?