martes, 15 de diciembre de 2009


PUPILAS VIOLETAS

El ventilador está al máximo y ventanas y puertas, todas abiertas.
La piel de la gente brilla y el aire ondula sobre los capós de los autos.

Yo estoy donde siempre o casi siempre, detrás de mi mesón blanco, ordenando muestras de amor en letras o en paquetes, cuentas de todo tipo y promociones que nunca serán abiertas. Primero las ordeno por género, así, si quien viene a retirar es un caballero, no tendré que pasar por todas las que sé que no corresponden; luego las ordeno por alfabeto y finalmente las ubico en estos casilleros rojos, en donde las letras van de tres en tres, y cada letra tiene a los hombres a la derecha y a las mujeres al otro lado.
Cuando me aburro las saco todas, las mezclo y las vuelvo a ordenar. Hay días en que no viene nadie y puedo hacerlo hasta tres veces antes de caer la tarde.
A veces las pongo a contra luz y trato de leer lo que hay dentro pero es muy difícil descifrarlas porque el doblez de la hoja superpone las palabras.

Y cuando llega alguna mujer que quiero que vuelva, le entrego la correspondencia equivocada y así la obligo a volver, entonces al poco rato entra con su paso de hembra fiera a reclamar por mi ineficiencia y eso la hace verse, incluso, más bella.



A mí me encantaría poder ir a dejar cada una de estas cartas, sobre todo tomando en cuenta que, por el tamaño del pueblo, el despacho podría hacerse a pie, pero acá no damos ese servicio y aunque lo he propuesto, no me permiten hacerlo. Es un bonito tr
abajo eso de andar por las calles, caminando tranquilamente mientras se buscan las casas. Acercarse a cada una de ellas, mirar hacia adentro y ver quienes viven ahí y de que manera. Hay gente que vive tan distinto a uno. Gente que en sus jardines colecciona colores y aromas y gente que sólo guarda cosas que no son capaces de botar, gente que se rodea de animales que no son humanos y gente que se rodea sólo de objetos con y sin valor, gente que mantiene sus casas abiertas y confiadas y gente que se protege encerrándose de diferentes maneras. Si me permitieran hacer la entrega, podría saber en dónde vive Margó. Tiene aspecto de vivir sola en una casa pequeña pero con un antejardín colmado de lavandas, jazmines y duraznos y, en el centro, una fuente de agua a la que llegan a chapotear los pájaros. Es muy probable que conviva con una gata que prefiere no salir al patio para no entierrarse las patitas; en el living debe tener muebles heredados, pareos en las murallas e inciensos en las esquinas; en su habitación, un espejo de cuerpo entero al que debe mirarse de frente y perfil antes de salir al mundo tan inquisidor y en el comedor, un mantel de croché hecho por la tía monja que dejó de ver cuando aquella se embarazó estando en el convento y luego se fue a quién sabe dónde a hacer quién sabe qué con ese crío que nunca se supo si llegó a nacer. Yo lo supe por el padre Ontario, seguro fue él quien la preñó. A ese viejo le gustaba sentarse a las lolitas en las piernas para las confesiones y a las mayores, les hacía contar exactamente lo que sus parejas les hacían durante el sexo. Yo no sé de qué podría confesarse la señorita Margó. Es tan correcta, tan circunspecta, me la imagino tan bien hablando francés con esa boca chiquita. Si yo fuera cartero a domicilio, tal vez desde su portón, podría verla cocinar tartas de frutas, ver el cordel en donde cuelga su ropa interior y peinarse frente al espejo.

Los Abetos 225 es otra de las casas que me gustaría conocer. Son tantas las encomiendas que recibe, tantas, tantas que debe ser una casa muy grande como para guardar tanta cosa. Me gustaría saber qué son esos paquetes, pero siempre vienen muy sellados y siempre certificados. Tal vez todo lo vende, tal vez nunca se le llena la casa. Quizás qué vende ese hombre! ¿Será legal? Tiene toda la cara de ser traficante de algo malo. Siempre supe que ese pelado era peligroso. Hay quienes dicen que no hay pelado bueno y este hombre parece confirmar la teoría.

Aquí viene Margó otra vez. Ella espera una carta que, según su amado, le mandó hace nueve días. Vino ayer y el día anterior y varios anteriores a ese. Vino esta mañana también. Sin duda, ella es merecedora de recibir cartas de amor. Si me diera tan sólo una señal, yo sería capaz de escribirle una cada día y dejársela en su buzón cada tarde, junto con aprovechar de indagar, desde la puerta, los lugares de esa casa que debe ser blanca o rosa y oler a jazmines y lavanda.
Se para desde el otro lado de la puerta y me mira con las pupilas verdes de esperanza.
Yo la hago pasar, ella sonríe feliz y da los dos pasos largos que la llevan al mesón.
Yo le digo que lo siento, que no ha llegado nada, que seguramente es por las fiestas y sus pupilas se tornan violeta otra vez y se aleja con su cuerpo lacio de tristeza.





Hace un rato vino Don Jerónimo, dicen que es el hombre más despreciable del pueblo y que terminó por pelearse con toda su familia.
Hace 15 años dejó a su esposa, la señora Irene, buena mujer esa, la cambió por una más joven, pero putaza y re buena pa empinarle. Sus dos hijas mayores no quisieron volver a hablarle y él nunca hizo nada por acercarse. Así las perdió. Los hijos menores, que son tres, en un mal negocio en conjunto, se les fue la plata, la confianza y el respeto. Así los perdió a ellos.
En dos semanas es el matrimonio de su hija mayor y él aún no sabe si está invitado. Yo no sé si este caballero merezca o no ser invitado; en mi caso, no lo haría, es muy decidor que todos sus hijos le hayan dado la espalda y no hay nada peor que pelear con la familia.


Don Jerónimo, cómo está. Mucho calor, sí. No, no ha llegado nada - le dije con el parte con el parte escondido tras el mesón y las pupilas también se le tornaron violeta.


Ya han pasado más de tres semanas desde que la carta para Margó fue enviada y, a modo de confesión, esta llegó hace más de quince días. Es que desde que esta salió, la tengo a ella mañana y tarde al alcance de mi mano. Hace unos días había pensado en entregársela porque su pena ya me dolía y la abracé fuerte porque de veras creo que lo necesitaba, ella lo necesitaba. No entendía por qué su amado le había mentido y yo le decía que es muy raro que los hombres envíen cartas de amor, que tal vez era cierto que la había escrito, pero eso de mandársela era muy difícil, que mejor no pensara más en él y se buscara otro hombre que estuviera más cerca, alguien del pueblo que pudiera pasear con ella y visitarla cada tarde, pero nada la consolaba y se largo a llorar con lágrimas que mojaban todo su rostro que ella cubría con sus manos blancas y espigadas y fue ahí cuando la abracé fuerte y pude sentirla toda. Sentí el olor de su pelo y sus pechos contra el mío, sentí su corazón que galopaba hacia el mío y sentí también su aliento fresco, como a duraznos. No debió abrazarme, ahora no seré capaz de entregársela.

Sería mucho más fácil si todos fueran como la señora Irmita, ella siempre llega sonriendo y es un verdadero agrado entregarle su correspondencia, la que toma y se va, para volver en un par de semanas a buscar lo que haya llegado. O don Eusebio que, aunque muy serio y de palabras justas, siempre saluda y da las gracias como queriendo darlas de verdad.
No como este poetita, el señorito Serafín. Cuarentón más fino que mi hermana, albo, ojeroso y largo hasta el dintel de la entrada, de pelo teñido y al viento, encorvado y caminando siempre con la pelvis por delante. Traía otro de sus poemuchos para concursar. A mí ya me tiene harto, cada sobre que manda, significa que vendrá a preguntar treinta veces por posible respuesta y seguro que sólo escribe de flores y vergas. El mes pasado entró sacando pecho y amenazándome con el mentón, me dijo que yo andaba diciendo cosas de él en el pueblo y seguramente era verdad, es fácil hablar mal de este hombre, porque lo que digas, puede ser cierto y si piensas lo peor, puedes acertar. Fue muy insolente en esa ocasión y es por eso que ha dejado de participar (y mientras siga haciéndolo desde este pueblo, sus sobres nunca saldrán).

Hoy le entregaré la carta a Margó, así no venga nunca más y tenga que andar buscándola por las calles. Su tristeza ya me entristece y estoy empezando a odiar a ese hombre que no le escribe. Le daré la carta y estaré atento a cómo le sonreirán sus ojos y estaré feliz de ser yo quien le dé esa alegría, seré su héroe por un segundo.

Aquí viene la mujer triste, la mujer que yo he hecho triste para poder verle sus iris vidriosos. Ya no tiene ilusiones, ya no cree en aquel hombre y tiene razón, ese tipo es un idiota, quizás qué groserías le dice en esta puta carta, seguro que sólo quiere aprovecharse de ella, de su cuerpo, de su olor, de sus pupilas violetas.
- ¿Llegó? - dice levantando sus cejas como un triángulo.
- ¡No!

7 comentarios:

nelson dijo...

A mi me gusta. Me gusta la historia y me gusta ese cartero que preambula las entregas, que a golpes de arena y cal potencia los sentires y apasiona las esperas.
¿ Donde está ese pueblo al que aún llegan sobres rosados y esquelas perfumadas ?

Me gustaría escribirle a Margó una carta de amor con el remitente que ella espera, decirle cosas lindas, como Cyrano...
Pero con ese cartero...

Un beso para ti.

Puppetmaster dijo...

Tu eres la prueba de que dentro de la mente pasan cosas mas vivas que en la vida misma. Al leer fui imaginando caras, posturas, expresiones corporales, dolor, pena, envidia, anciedad, etc. Situaciones con mas energia que muchas de las que ha llegado a vivir alguien en toda una vida.

Sigue escribiendo.

gallardo dijo...

Que puto cartero el de ese pueblo, quien se cree para decidir sobre el derecho de los otros?
Como cualquier personaje soberbio, sus motivaciones deben partir de su propia experiencia.
Seguro que desde la permanente frustración de no recibir correspondencia de nadie, siente que tiene derechos que lo autorizan a manipular solo para su mezquino placer la libertad de los otros.
No es fácil ser cartero, y seguro que ese es el origen de su frustración. El, anclado al mostrador de la oficina, solo puede manipular para conseguir viciosos momentos de placer.
Valla personaje, casi me gusta.
Besos MV, y cuentame donde estas y en que.

Buen hombre dijo...

Buena historia. Me gustan las cartas. Escritas a mano.

Unmasked (sin caretas) dijo...

Esta parte

Y cuando llega alguna mujer que quiero que vuelva, le entrego la correspondencia equivocada y así la obligo a volver, entonces al poco rato entra con su paso de hembra fiera a reclamar por mi ineficiencia y eso la hace verse, incluso, más bella.



Admiro a las mujeres que conocen a los hombres...:)

Excelente relato. Me gusta como escribes, y no te agrandes por favor.

Ahi estoy debatiendo con gallardo, te esperamos. No es lo mismo sin vos. vengase nomas.

Petrushka

Alacran... es mi naturaleza... dijo...

mmmm un hombre que observa la vida desde el sillón del espectador... pero cuando decide entrar en ella, lo hace interviniendo las cosas...

Buen relato, pero el personaje... no se, me deja una sensacion de vacío.

Christian dijo...

Felicitaciones por "Pupilas Violetas" y "Por tener tan malas juntas". El relato del primero es tan preciso que si yo fuera
cartero haría lo mismo, el mundo está lleno de Margó(s), pero hay quienes se dan cuenta y otros que no. El control o poder que ostenta este personaje es exacto al que ejerce cualquier pseudo-autoridad de pueblo chico, de hecho recuerdo una película de Cantinflas llamada "El Profe", donde un "tipejo" autoproclamado poderoso, creía que hacía lo que quería en el pueblo. Buena Historía me imagino los planos, eso es un gran mérito de la escritora.

En cuanto a "Por tener tan malas juntas" hay emociones escondidas, desgarro y a la vez desapego. La situación que vive el verdugo es límite, pero dentro de eso él debe hacer lo que tiene que hacer. El relato no redunda en detalles ni descripciones, lo pensado está muy bien descrito, es más si lo lees nuevamente, como lector uno entiende mejor la "psique" de este hombre, y siente como él. Eso es un gran mérito narrativo.
Felicitaciones
Saludos Cordiales.