PUPILAS VIOLETAS
El ventilador está al máximo y ventanas y puertas, todas abiertas.
La piel de la gente brilla y el aire ondula sobre los capós de los autos.
Yo estoy donde siempre o casi siempre, detrás de mi mesón blanco, ordenando muestras de amor en letras o en paquetes, cuentas de todo tipo y promociones que nunca serán abiertas. Primero las ordeno por género, así, si quien viene a retirar es un caballero, no tendré que pasar por todas las que sé que no corresponden; luego las ordeno por alfabeto y finalmente las ubico en estos casilleros rojos, en donde las letras van de tres en tres, y cada letra tiene a los hombres a la derecha y a las mujeres al otro lado.


Y cuando llega alguna mujer que quiero que vuelva, le entrego la correspondencia equivocada y así la obligo a volver, entonces al poco rato entra con su paso de hembra fiera a reclamar por mi ineficiencia y eso la hace verse, incluso, más bella.
A mí me encantaría poder ir a dejar cada una de estas cartas, sobre todo tomando en cuenta que, por el tamaño del pueblo, el despacho podría hacerse a pie, pero acá no damos ese servicio y aunque lo he propuesto, no me permiten hacerlo. Es un bonito tr


Los Abetos 225 es otra de las casas que me gustaría conocer. Son tantas las encomiendas que recibe, tantas, tantas que debe ser una casa muy grande como para guardar tanta cosa. Me gustaría saber qué son esos paquetes, pero siempre vienen muy sellados y siempre certificados. Tal vez todo lo vende, tal vez nunca se le llena la casa. Quizás qué vende ese hombre! ¿Será legal? Tiene toda la cara de ser traficante de algo malo. Siempre supe que ese pelado era peligroso. Hay quienes dicen que no hay pelado bueno y este hombre parece confirmar la teoría.
Aquí viene Margó otra vez. Ella espera una carta que, según su amado, le mandó hace nueve días. Vino ayer y el día anterior y varios anteriores a ese. Vino esta mañana también. Sin duda, ella es merecedora de recibir cartas de amor. Si me diera tan sólo una señal, yo sería capaz de escribirle una cada día y dejársela en su buzón cada tarde, junto con aprovechar de indagar, desde la puerta, los lugares de esa casa que debe ser blanca o rosa y oler a jazmines y lavanda.
Se para desde el otro lado de la puerta y me mira con las pupilas verdes de esperanza.
Yo la hago pasar, ella sonríe feliz y da los dos pasos largos que la llevan al mesón.
Yo le digo que lo siento, que no ha llegado nada, que seguramente es por las fiestas y sus pupilas se tornan violeta otra vez y se aleja con su cuerpo lacio de tristeza.
Hace un rato vino Don Jerónimo, dicen que es el hombre más despreciable del pueblo y que terminó por pelearse con toda su familia.
Hace 15 años dejó a su esposa, la señora Irene, buena mujer esa, la cambió por una más joven, pero putaza y re buena pa empinarle. Sus dos hijas mayores no quisieron volver a hablarle y él nunca hizo nada por acercarse. Así las perdió. Los hijos menores, que son tres, en un mal negocio en conjunto, se les fue la plata, la confianza y el respeto. Así los perdió a ellos.
En dos semanas es el matrimonio de su hija mayor y él aún no sabe si está invitado. Yo no sé si este caballero merezca o no ser invitado; en mi caso, no lo haría, es muy decidor que todos sus hijos le hayan dado la espalda y no hay nada peor que pelear con la familia.
Don Jerónimo, cómo está. Mucho calor, sí. No, no ha llegado nada - le dije con el parte con el parte escondido tras el mesón y las pupilas también se le tornaron violeta.
Ya han pasado más de tres semanas desde que la carta para Margó fue enviada y, a modo de confesión, esta llegó hace más de quince días. Es que desde que esta salió, la tengo a ella mañana y tarde al alcance de mi mano. Hace unos días había pensado en entregársela porque su pena ya me dolía y la abracé fuerte porque de veras creo que lo necesitaba, ella lo necesitaba. No entendía por qué su amado le había mentido y yo le decía que es muy raro que los hombres envíen cartas de amor, que tal vez era cierto que la había escrito, pero eso de mandársela era muy difícil, que mejor no pensara más en él y se buscara otro hombre que estuviera más cerca, alguien del pueblo que pudiera pasear con ella y visitarla cada tarde, pero nada la consolaba y se largo a llorar con lágrimas que mojaban todo su rostro que ella cubría con sus manos blancas y espigadas y fue ahí cuando la abracé fuerte y pude sentirla toda. Sentí el olor de su pelo y sus pechos contra el mío, sentí su corazón que galopaba hacia el mío y sentí también su aliento fresco, como a duraznos. No debió abrazarme, ahora no seré capaz de entregársela.
Sería mucho más fácil si todos fueran como la señora Irmita, ella siempre llega sonriendo y es un verdadero agrado entregarle su correspondencia, la que toma y se va, para volver en un par de semanas a buscar lo que haya llegado. O don Eusebio que, aunque muy serio y de palabras justas, siempre saluda y da las gracias como queriendo darlas de verdad.
No como este poetita, el señorito Serafín. Cuarentón más fino que mi hermana, albo, ojeroso y largo hasta el dintel de la entrada, de pelo teñido y al viento, encorvado y caminando siempre con la pelvis por delante. Traía otro de sus poemuchos para concursar. A mí ya me tiene harto, cada sobre que manda, significa que vendrá a preguntar treinta veces por posible respuesta y seguro que sólo escribe de flores y vergas. El mes pasado entró sacando pecho y amenazándome con el mentón, me dijo que yo andaba diciendo cosas de él en el pueblo y seguramente era verdad, es fácil hablar mal de este hombre, porque lo que digas, puede ser cierto y si piensas lo peor, puedes acertar. Fue muy insolente en esa ocasión y es por eso que ha dejado de participar (y mientras siga haciéndolo desde este pueblo, sus sobres nunca saldrán).
Sería mucho más fácil si todos fueran como la señora Irmita, ella siempre llega sonriendo y es un verdadero agrado entregarle su correspondencia, la que toma y se va, para volver en un par de semanas a buscar lo que haya llegado. O don Eusebio que, aunque muy serio y de palabras justas, siempre saluda y da las gracias como queriendo darlas de verdad.


Hoy le entregaré la carta a Margó, así no venga nunca más y tenga que andar buscándola por las calles. Su tristeza ya me entristece y estoy empezando a odiar a ese hombre que no le escribe. Le daré la carta y estaré atento a cómo le sonreirán sus ojos y estaré feliz de ser yo quien le dé esa alegría, seré su héroe por un segundo.
Aquí viene la mujer triste, la mujer que yo he hecho triste para poder verle sus iris vidriosos. Ya no tiene ilusiones, ya no cree en aquel hombre y tiene razón, ese tipo es un idiota, quizás qué groserías le dice en esta puta carta, seguro que sólo quiere aprovecharse de ella, de su cuerpo, de su olor, de sus pupilas violetas.
- ¿Llegó? - dice levantando sus cejas como un triángulo.
- ¡No!
